13 de enero de 2009

Martes y trece

Hoy es un buen día para retomar el blog.

Martes y trece es la fecha en la que los gatos negros recobran cierto  protagonismo aunque sólo sea como reminiscencia del mal augurio que en la tradición popular de muchos pueblos se les ha atribuido durante siglos.

Protegidos y malditos

En el antiguo Egipto se creía que los gatos eran las luciérnagas de la noche, porque en sus ojos se reflejaba la  luna. Se les consideraba la reencarnación de la diosa Basthet y se les protegía. Siglos después, la Iglesia Católica, en base a no sabemos qué causísticas percepciones, señalo el gato negro como la reencarnación del mismísimo diablo, y por ésta condición eran sacrificados en sendas hogueras junto a sus benefactores; generalmente mujeres con ciertos conocimientos, llamadas brujas.

En muchos pueblos de Europa y en Norteamérica, el negro se identificaba con el diablo por ser el color de la noche, de la oscuridad o la ausencia de luz del espíritu. Todavía hoy en día, prevalece cierta apreensión al color del pelaje de este bello felino. Se dice que el gato negro trae mala suerte si le vemos alejarse, pero buena suerte si camina hacia nosotros.

El número 13

El número 13 es otro pilar de las supersticiones alimentadas por el fanatismo de algunos sectores religiosos, por una parte, e intereses políticos y económicos por otra. Este número fue erradicado del calendario lunar que contemplaba originariamente trece meses para convertirse en 12, con lo cual se consiguió el ahorro de una paga mensual del salario anual. Nada es casual. De esta forma, el número trece fue maldito, asociado al diablo y a la muerte.

Para dar mayor fuerza al mito, el gato negro -personificación del diablo-, el número trece -mes no grato-,  el planeta Marte, representante de la guerra  y el número dos -la dualidad-, fueron vinculados bajo los auspicios de un oscurantismo dogmático que, entre otras muchas víctimas, se ensañó en los gatos negros.


Incongruencias de la historia, muchas religiones, llamadas civilizadas, han adoptado el color negro para vestir a sus sacerdotes, religiosos y religiosas.

¿Quien en su sano juicio podría tachar de malvado a un ser como el de la foto?


Para compensar tanto infortunio dedico a todos los felinos negros,  una vieja canción "Le chat noir", de Aristide Bruant, fechada en 1884, que cuenta como los estudiantes buscaban la buena suerte en los gatos negros, en las noches de luna llena en Montmartre, París, y un bello poema de Baudelaire.









El Gato
 A tal punto su timbre es tierno y discreto;
pero, aunque, su voz se suavice o gruña,
ella es siempre rica y profunda :
allí está su encanto y su secreto.
Esta voz, que brota y que filtra,
en mi fondo más tenebroso,
me colma cual un verso cadencioso
y me regocija como un filtro.
Ella adormece los más crueles males
y contiene todos los éxtasis;
para decir las más largas frases,
ella no necesita de palabras.
No, no hay arco que muerda
sobre mi corazón, perfecto instrumento,
y haga más noblemente
cantar su más vibrante cuerda.
Que tu voz, gato misterioso,
gato seráfico, gato extraño,
en que todo es, cual en un ángel,
¡Tan sutil como armonioso.
                              Charles Baudelaire.


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